El Zen es tanto un camino práctico como espiritual, practico porque se asienta firmemente en el aquí y ahora y espiritual porque nos invita a ver la esencia que se oculta tras el mundo de las apariencias.
Este movimiento que pertenece al budismo está libre de dogmas y puede ayudarnos a llevar una vida más rica, menos ansiosa, más compasiva y en el fondo, más feliz. Uno de los pilares fundamentales del zen consiste en descubrir la realidad interior y en concentrarse en la verdadera naturaleza personal, sin buscar verdades externas porque todas las necesarias pueden hallarse dentro de uno mismo.
En la meditación zen se anima a los practicantes a focalizar su atención sobre dos puntos esenciales el shí, que significa “detener” y el kan que quiere decir “visión objetiva”.
El shí no puede surgir si no se adopta una buena postura de meditación que ayude a la mente a mantenerse alerta y al cuerpo a permanecer relajado. A muchas personas les resulta incómodo sentarse en una misma posición durante un largo período de tiempo, pero con la práctica el cuerpo se va adaptando y encontrando las posturas zen que más le conviene.
Con respecto al kan, se dice que éste está siempre presente en la mente, poro no puede verse porque lo oculta el movimiento de los pensamientos. La primer experiencia del kan suele ser la respiración, el control del ingreso y salida de oxígeno del cuerpo es un paso fundamental en el intento por lograr una visión objetiva de todo el ser
El Zen nos enseña que todo cuanto experimentamos tiene lugar en nuestra mente. Sólo conocemos el mundo “de ahí afuera”, cuando lo hemos llevado a nuestra mente, en realidad, nuestra percepción del mundo es en gran parte un proceso de imaginación creativa.
La mente de la mayoría de las personas está en constante movimiento. Poder conocer la realidad en medio de todo este movimiento es como intentar pintar un paisaje desde la ventana de un tren moviéndose a gran velocidad. Si a través de la meditación, nuestra mente aprende a aquietarse, podrá conservar la ecuanimidad por más frenético que sea el mundo exterior.
El zen enseña que parte de nuestra insatisfacción con la vida surge de habernos acostumbrado tanto al mundo que ya no notamos su belleza ni su infinita variedad. Hemos olvidado que hasta los objetos más mundanos son un milagro si nos detenemos a observarlos y el hecho de que estemos vivos es el mayor milagro de todos. Entonces como aprender a mirar la belleza del mundo en nuestra vida cotidiana? La respuesta es “atención”.
El Buda describió las cuatro bases de la conciencia; estar atentos a los movimientos corporales, estar atentos a nuestras sensaciones físicas, prestar atención a nuestros estados de ánimo y emociones, y por último, a nuestros pensamientos. Con demasiada frecuencia nos cuesta controlar los pensamientos y aquietar la mente, por eso es tan vital aprender a ser conscientes de todo nuestro ser, para dominarlo y alcanza así la armonía que zen pone a nuestro alcance.
Descubrir nuestro mundo interior y dejar de lado las apariencias del mundo externo es la experiencia que nos propone descubrir la meditación zen.
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